Yacimiento arqueológico de Pompeya con el Vesubio nevado al fondo. | Efe

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Las erupciones volcánicas son una tipología muy particular de catástrofe natural: además de producir ingentes pérdidas humanas y materiales comportan una cierta belleza estética. Quizás a ella aludió la ministra de Turismo, Reyes Maroto, al protagonizar la polémica del día cuando el volcán de la Palma centralizó la atención mediática. Afortunadamente las sucesivas explosiones y la lava no han causado muertes, pero la historia está trufada de ejemplos de erupciones devastadoras.

Las erupciones volcánicas mortíferas están referenciadas ya en la Antigüedad. Probablemente el caso más famoso es el de Pompeya, que quedó sepultada bajo el Vesubio en el año 79 d.C. causando unas tres mil pérdidas humanas. Y por proximidad debemos mencionar el del Anak Krakatoa, en Indonesia, acontecido en 2018, que le costó la vida a medio millar de personas.

Indonesia, asentada de lleno en el llamado cinturón de fuego, es el territorio a escala mundial con mayor concentración de volcanes y toda la retahíla de fenómenos asociados a los movimientos de las placas tectónicas. En su territorio se encuentra el Tambora, protagonista de la peor erupción en coste de vidas que se tiene constancia. En 1815 entró en erupción y como consecuencia murieron 82.000 personas.

Entre ambas erupciones se cuela una en territorio europeo. Islandia es el área volcánica por antonomasia en el norte del continente, y allí se produjo la terrible erupción del Laki en 1783. Casi 40.000 personas, una parte relevante de la población de la isla, sucumbió en los días posteriores al estallido.

En Indonesia también se registró la erupción del Krakatoa. Fue en 1883, causó 36.417 muertes e hizo explotar la isla homónima. El penúltimo acontecimiento volcánico más destacado del siglo XX aconteció en América. El Nevado del Ruiz de Colombia es el más septentrional de los volcanes activos del cinturón volcánico de los Andes, y entró en erupción en 1985 matando a 31.000 personas.